Ese día, en el equívoco trance entre el recuerdo y el sueño,
fue cuando empecé a reconocerme en los gestos de mi padre.
La brisa del incendio final, o su memoria, me trajo su rostro antiguo;
el argentino brillo de las alabardas hispanas asomadas
por la boca de la bestia que acezaba el furor del instante inevitable.
En la tormenta percibí el acero penetrando en el corazón del pájaro,
el azoramiento del paisaje con sus lagos volubles,
el estertor de la ciudad con su arquitectura sagrada. El desgarro del fuego.
Mientras el colibrí, irresistible y efímero, batía sus alas y el polvo secular gastaba los vértices de la Gran Pirámide, esperé en vano el auxilio de los dioses.
De Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias (Cartografías, 2009)
«Nos habíamos sentado en torno a mi hoguera tres oficiales. El tercero era ese ayudante que ya he mencionado. Quizá fuese un tipo sin mala intención, pero no tan buena persona como hubiese podido ser sin sus rudos modales y su burda visión de las cosas. Solía razonar acerca de la conducta de las personas como si el ser humano fuese una figura tan simple como, por ejemplo, dos palos cruzados el uno sobre el otro; cuando de hecho el hombre se parece mucho más al mar, cuyos movimientos son demasiado complicados para que nadie pueda explicarlos, y de cuyas profundidades puede surgir Dios sabe qué en cualquier momento».
De El alma del guerrero, de Joseph Conrad (Trad. Enrique Murillo).
«Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela. El cuento corto tiene en la vida, me parece a mí, una gran función. Es, también en un sentido muy especial, un eficaz bálsamo para el dolor; en un telesilla que te lleva a la pista de esquí y que se queda atascada a mitad de camino, en un bote que que se hunde, frente a un doctor que mira fijo tus radiografías... Pasamos el tiempo esperando una contraorden para nuestra muerte y cuando no tienes tiempo suficiente para una novela, bueno, ahí está el cuento corto. Estoy muy seguro de que, en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela».
Why I write short stories (Newsweek), por John Cheever.