Ahora
estoy ante la única puerta posible. He llegado al umbral y sé que éste es el
instante último. Desde aquí observo el espacio abierto, la ciudad cúbica y el
mar. Mas la duda persiste.
Hace
mucho tiempo, el 23 de julio de 1945, me fue encargada la construcción de un
templo para la adoración del dios de los cristianos. No creo en ese dios ni en
ninguno personal, pero durante años me preparé intelectual y profesionalmente
para esta obra que desde siempre supe que haría. Hasta supongo que elegí ser
arquitecto por esta razón, pues he tenido la certeza de que un templo es la
única construcción capaz de expresar la grandeza y complejidad de la
inteligencia humana.
Cuando
llegó el momento, las trazas, condiciones y maqueta que ideé fueron aceptadas
con signos de admiración por algunos miembros del Patronato, quienes,
sorprendentemente, también sucumbieron ante la imposición de excluir iconos
idólatras. Mis argumentos lógicos y despojados de espíritu religioso en favor
de una solitaria y desnuda cruz latina fueron convincentes. Sin embargo, al
firmar el contrato tuve el presentimiento de un error irreparable.
Con
este vago temor inicié los trabajos, mientras en la calle germinaba una
expectación extraordinaria que no se correspondía con la realidad. En el lugar
donde se levantaría el templo sólo existía un vasto terreno baldío que muy
pronto las excavadoras convertirían en una especie de enorme barranco circular.
Por mi parte, decidido a permanecer ajeno al mundo exterior, me aislé, con lo
cual alimenté aún más una incipiente leyenda, que no quise conocer, alrededor
del templo y su autor.
En
mi soledad me sentía como quizá se sintiera «aquel en quien se complace el
disco solar», el egipcio Amenofis IV, cuando decidido a fundar su propia religión
concilió con Bek, su arquitecto, el diseño del templo para la nueva fe. Yo no
iba a fundar ninguna religión, pero levantaría el más grandioso templo que
ninguna de ellas tuvo nunca.
Durante
años visité los edificios de culto, las ruinas más notables, y rastreé en
escritos particulares y libros sagrados en pos de la concepción fundamental de
esos lugares de oración y sacrificio. Casi podía jactarme, como Senmut, el
arquitecto de la denostada Hatsepsut, de que «no había nada de lo que hubiese
ocurrido desde el principio que yo no conociera». En tales viajes y lecturas
comprendí que todos los arquitectos, hasta mis contemporáneos, habían captado
intuitivamente algo del fundamento, pero no su totalidad.
Con
asombrosa rapidez las obras avanzaban como cumpliendo un plan inexorable.
También creció el asombro cuando muchos pudieron comprender que la estructura
principal respondía a un canon de cuatro dimensiones de modo que, según el
ángulo de visión, el edificio era el mismo y otros simultáneamente. A ello
además contribuyó mi consideración de las distintas zonas de luces y sombras
que cambiaban las formas de acuerdo con la intensidad o ausencia de la luz.
Incluso conseguí que en días nublados o de tenue niebla el templo crease, como
un sueño en el aire, la óptica ilusión de una fantástica escalera. La
iluminación interior también me preocupó y perfeccioné los métodos de los
anónimos constructores de catedrales góticas para crear esa atmósfera de
mística disolución.
Construí
los muros de piedra. Lo hice por la nobleza del material y porque era el más
entrañable y capaz de armonizar con las tonalidades cromáticas de la montaña.
La roca ideal era «la suave piedra de Aigina», como se lee en un anagraphesis
del Telesterion de Eleusis, o el mármol del Monte Pentelikos, pero hube de
traerla de una cantera de los Montes Urales. La labré combinando la antigua
usanza inca y la nueva tecnología. Y así, día a día, el cuerpo que moldeaba
crecía siguiendo un orden que los demás arquitectos no entendían, porque
tampoco sabían de mi idea del Universo.
Al
mismo tiempo que el sacro edificio cobraba su forma, dentro de mí se hacía más
perceptible un oscuro sentimiento de euforia y desazón. La oculta presencia del
error me desquiciaba en algunas horas y en las siguientes todo volvía a la
normalidad. Todo parecía favorecer mis propósitos y, dejándome arrastrar
por ese entusiasmo febril que siempre me había poseído, no me detuve a
reflexionar.
Llamé
a carpinteros, artesanos, perfumistas y magos. Unos trabajaron en muebles y
ornamentos, frisos y capiteles; otros me dieron la razón sobre el uso de
ciertas hierbas aromáticas y colgué en la travesera de la cruz del templo el
incensario, que había hecho fundir en forjas de Toledo. Los magos me
aconsejaron sobre los matices de la apariencia.
Para
la construcción de la cúpula principal convoqué al mejor de los astrónomos,
quien me instruyó sobre la latitud de los astros, la distancia de las galaxias,
la magnitud de las estrellas, la periodicidad de los cometas, el significado de
las constelaciones y la curvatura del tiempo. Por encima del altar los fieles
abrirían sus ojos a la extensión infinita.
Los
trabajos se hicieron más intensos a medida que la obra avanzaba,
desarrollándose como una revelación ajena a mí. Únicamente la pequeña comunidad
de constructores que pululaba a mi alrededor parecía dueña de todos los
secretos de una obra que era mía. Como a mí, a ellos les sostenía la misma
obsesión, la misma alegría y temor. Por eso el día en que creyeron finalizada
la obra, les dije que no era perfecta y los despedí. Ninguno respondió. Se
fueron en silencio y no recuerdo haberlos visto nunca más.
Por
último, con un reducido grupo de ingenieros acústicos, trabajé hasta encontrar
la solución que confería al templo la cualidad de la resonancia, y el 16 de
diciembre de 1967 puse fin a las obras. Había logrado que el más leve bisbiseo
producido en cualquier punto de la nave central fuese perceptible en el altar,
desde donde se repartía por los pasillos que llevaban a las siete torres. De
este modo, las oraciones y súplicas de los creyentes componían una compleja
sinfonía que, desde la ciudad, fieles y profanos podían oír cómo se elevaba por
las torres hacia el profundo cielo.
El
templo quedó abierto en
Es
poco lo que recuerdo de los días o años siguientes. Atormentado por el
equívoco, pienso que vagué por las naves y galerías como un espíritu por las
venas de un cuerpo muerto. Entretanto, los fieles, guiados por su devota
ceguera, no advertían la mixtificación. Fue la constatación de su fe lo que me
llenó de asombro y de duda. Asustado, me adentré aún más en los caminos
interiores del templo. La duda es una hebra suelta, me dije cierto día, quizás
recordando el hábito de cierta tribu americana que dejaba un detalle imperfecto
en sus tapices, para que el alma del tejedor no quedara atrapada en ellos. Eso
dije y acaso recordé cierto día de suave lluvia y aproveché la ilusión de la
escalera para subir al séptimo alminar.
Es
difícil precisar si el tiempo transcurrido se debe a la altura o a la debilidad
de mis piernas. He llegado al umbral y desde aquí observo la superficie
edificada del día, el horizonte y el mar. A la distancia un pájaro vuela sin
temor a la lluvia. No distingo si es águila o gaviota, pero de nada vale
conocer su nombre cuando sólo importa el vuelo.
