martes, 2 de junio de 2026

EL ARQUITECTO (Cuento)

 

 Me pregunto si en todos estos años de prisión no ha sido la duda la que equivocó maliciosamente mis senti­dos extraviándolos por naves, sótanos y escaleras que yo mismo construí como un émulo tardío de Dédalo, el artífice.

Ahora estoy ante la única puerta posible. He llega­do al umbral y sé que éste es el instante último. Desde aquí observo el espacio abierto, la ciudad cúbica y el mar. Mas la duda persiste.

Hace mucho tiempo, el 23 de julio de 1945, me fue encargada la construcción de un templo para la adora­ción del dios de los cristianos. No creo en ese dios ni en ninguno personal, pero durante años me preparé in­telectual y profesionalmente para esta obra que desde siempre supe que haría. Hasta supongo que elegí ser arquitecto por esta razón, pues he tenido la certeza de que un templo es la única construcción capaz de expre­sar la grandeza y complejidad de la inteligencia humana.

Cuando llegó el momento, las trazas, condiciones y maqueta que ideé fueron aceptadas con signos de ad­miración por algunos miembros del Patronato, quie­nes, sorprendentemente, también sucumbieron ante la imposición de excluir iconos idólatras. Mis argumentos lógicos y despojados de espíritu religioso en favor de una solitaria y desnuda cruz latina fueron convincen­tes. Sin embargo, al firmar el contrato tuve el presenti­miento de un error irreparable.

Con este vago temor inicié los trabajos, mientras en la calle germinaba una expectación extraordinaria que no se correspondía con la realidad. En el lugar donde se levantaría el templo sólo existía un vasto terreno bal­dío que muy pronto las excavadoras convertirían en una especie de enorme barranco circular. Por mi parte, decidido a permanecer ajeno al mundo exterior, me aislé, con lo cual alimenté aún más una incipiente le­yenda, que no quise conocer, alrededor del templo y su autor.

En mi soledad me sentía como quizá se sintiera «aquel en quien se complace el disco solar», el egipcio Amenofis IV, cuando decidido a fundar su propia reli­gión concilió con Bek, su arquitecto, el diseño del templo para la nueva fe. Yo no iba a fundar ninguna religión, pero levantaría el más grandioso templo que ninguna de ellas tuvo nunca.

Durante años visité los edificios de culto, las ruinas más notables, y rastreé en escritos particulares y libros sagrados en pos de la concepción fundamental de esos lugares de oración y sacrificio. Casi podía jactarme, como Senmut, el arquitecto de la denostada Hatsep­sut, de que «no había nada de lo que hubiese ocurrido desde el principio que yo no conociera». En tales viajes y lecturas comprendí que todos los arquitectos, hasta mis contemporáneos, habían captado intuitivamente algo del fundamento, pero no su totalidad.

Con asombrosa rapidez las obras avanzaban como cumpliendo un plan inexorable. También creció el asombro cuando muchos pudieron comprender que la estructura principal respondía a un canon de cuatro di­mensiones de modo que, según el ángulo de visión, el edificio era el mismo y otros simultáneamente. A ello además contribuyó mi consideración de las distintas zonas de luces y sombras que cambiaban las formas de acuerdo con la intensidad o ausencia de la luz. Incluso conseguí que en días nublados o de tenue niebla el templo crease, como un sueño en el aire, la óptica ilu­sión de una fantástica escalera. La iluminación interior también me preocupó y perfeccioné los métodos de los anónimos constructores de catedrales góticas para crear esa atmósfera de mística disolución.

Construí los muros de piedra. Lo hice por la noble­za del material y porque era el más entrañable y capaz de armonizar con las tonalidades cromáticas de la mon­taña. La roca ideal era «la suave piedra de Aigina», como se lee en un anagraphesis del Telesterion de Eleusis, o el mármol del Monte Pentelikos, pero hube de traerla de una cantera de los Montes Urales. La labré combinando la antigua usanza inca y la nueva tecnolo­gía. Y así, día a día, el cuerpo que moldeaba crecía si­guiendo un orden que los demás arquitectos no enten­dían, porque tampoco sabían de mi idea del Universo.

Al mismo tiempo que el sacro edificio cobraba su forma, dentro de mí se hacía más perceptible un oscuro sentimiento de euforia y desazón. La oculta presencia del error me desquiciaba en algunas horas y en las si­guientes todo volvía a la normalidad. Todo parecía favorecer mis propósitos y, dejándome arrastrar por ese entusiasmo febril que siempre me había poseído, no me detuve a reflexionar.

Llamé a carpinteros, artesanos, perfumistas y ma­gos. Unos trabajaron en muebles y ornamentos, frisos y capiteles; otros me dieron la razón sobre el uso de ciertas hierbas aromáticas y colgué en la travesera de la cruz del templo el incensario, que había hecho fundir en forjas de Toledo. Los magos me aconsejaron sobre los matices de la apariencia.

Para la construcción de la cúpula principal convo­qué al mejor de los astrónomos, quien me instruyó sobre la latitud de los astros, la distancia de las gala­xias, la magnitud de las estrellas, la periodicidad de los cometas, el significado de las constelaciones y la curva­tura del tiempo. Por encima del altar los fieles abrirían sus ojos a la extensión infinita.

Los trabajos se hicieron más intensos a medida que la obra avanzaba, desarrollándose como una revelación ajena a mí. Únicamente la pequeña comunidad de constructores que pululaba a mi alrededor parecía due­ña de todos los secretos de una obra que era mía. Como a mí, a ellos les sostenía la misma obsesión, la misma alegría y temor. Por eso el día en que creyeron finaliza­da la obra, les dije que no era perfecta y los despedí. Ninguno respondió. Se fueron en silencio y no recuer­do haberlos visto nunca más.

Por último, con un reducido grupo de ingenieros acústicos, trabajé hasta encontrar la solución que con­fería al templo la cualidad de la resonancia, y el 16 de diciembre de 1967 puse fin a las obras. Había logrado que el más leve bisbiseo producido en cualquier punto de la nave central fuese perceptible en el altar, desde donde se repartía por los pasillos que llevaban a las sie­te torres. De este modo, las oraciones y súplicas de los creyentes componían una compleja sinfonía que, desde la ciudad, fieles y profanos podían oír cómo se elevaba por las torres hacia el profundo cielo.

El templo quedó abierto en la Navidad. Se veía co­losal y bello. Y miles y miles de peregrinos de todo el planeta acudieron como atraídos por una fuerza ex­traordinaria a través de los escondidos senderos de la Vía Láctea. Los alrededores fueron convertidos en una gigantesca feria, donde trajinaban gentes de distinta índole y condición. Compraban y vendían. Exóticos pájaros, reptiles en vías de extinción, plantas y flores del trópico, peces albinos y arañas ciegas se exponían junto a telas, pinturas, maderas, libros, cromos y orde­nadores. Los colores de las vestimentas y los maquilla­jes, los olores rancios de frituras y el amasijo de lenguas completaban ese cuadro imposible. Aquel tumulto era como el pálpito mismo que hacía evidente la tensión. Una tensión irresistible alteraba el rostro de los que acudían al templo, confiriéndoles un rictus de asom­brada incredulidad. Mi obra era perfecta. La catedral que había erigido para mayor gloria de dios excluía el error. Y también a dios. Imaginé entonces sus rezos y cánticos sacudiendo los cristales y que, en una confu­sión desesperada, pulsaban las piedras de los muros. Casi pude ver una masa tumultuosa saliendo por esas chimeneas, las siete torres, y sentí que la ambigua sen­sación de soberbia y miedo me entumecía cada fibra de mis músculos. Supongo que me desmayé.

Es poco lo que recuerdo de los días o años siguien­tes. Atormentado por el equívoco, pienso que vagué por las naves y galerías como un espíritu por las venas de un cuerpo muerto. Entretanto, los fieles, guiados por su devota ceguera, no advertían la mixtificación. Fue la constatación de su fe lo que me llenó de asom­bro y de duda. Asustado, me adentré aún más en los caminos interiores del templo. La duda es una hebra suelta, me dije cierto día, quizás recordando el hábito de cierta tribu americana que dejaba un detalle imper­fecto en sus tapices, para que el alma del tejedor no quedara atrapada en ellos. Eso dije y acaso recordé cier­to día de suave lluvia y aproveché la ilusión de la esca­lera para subir al séptimo alminar.

Es difícil precisar si el tiempo transcurrido se debe a la altura o a la debilidad de mis piernas. He llegado al umbral y desde aquí observo la superficie edificada del día, el horizonte y el mar. A la distancia un pájaro vuela sin temor a la lluvia. No distingo si es águila o gaviota, pero de nada vale conocer su nombre cuando sólo importa el vuelo.

 



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