
Un hombre ya mayor confiesa en sus memorias que es un estafador. Una mujer, acaso su pareja, impresionada por la revelación, le presenta a Paul Newman. Mientras el estafador y la mujer permanecen de pie en medio de una sala desnuda de muebles, el actor está sentado en el suelo abrazando sus piernas. Yo estoy allí con la sensación de que el actor ha sido invitado a encarnar al estafador en una película basada en su autobiografía. El actor y el hombre se parecen. Paseándome entre ellos, les digo que lo que me asombra de esas memorias es la sinceridad. «Todo el mundo miente sobre sí mismo, todo el mundo se santifica», me oigo decir, «sin embargo, aquí todo es tan crudo que parece verdad ¡Qué contradicción! ¡Un estafador íntegro!».
Paul Newman y la mujer me miran con indiferencia, el hombre con un extraño brillo en los ojos. Como si sonriera para sí. Entonces dudo. Newman se ha subido a un árbol. ¿Y si no es un estafador y nos estafa con esta historia escrita para serlo? Abro el libro. De la oscuridad de sus páginas cuelgan cuatro sonrisas de Chesire. Alzo la vista y, por el techo abierto de la sala, veo un número infinito de sonrisas iguales titilando a miles de años luz.
Paul Newman y la mujer me miran con indiferencia, el hombre con un extraño brillo en los ojos. Como si sonriera para sí. Entonces dudo. Newman se ha subido a un árbol. ¿Y si no es un estafador y nos estafa con esta historia escrita para serlo? Abro el libro. De la oscuridad de sus páginas cuelgan cuatro sonrisas de Chesire. Alzo la vista y, por el techo abierto de la sala, veo un número infinito de sonrisas iguales titilando a miles de años luz.
[Fragmento del Cuaderno de notas de Manuel T.]







