«Ahora ya estamos fuera», dijo Louis. «Ahora estoy suspendido en el vacío, sin vínculos. Estamos en la nada. Cruzamos Inglaterra en tren. Inglaterra se desliza por la ventanilla, transformándose siempre, ahora colina y luego bosque, ahora ríos y cipreses y después de nuevo pueblos. Y no me dirijo a tierra firme. [...] Yo voy vagamente a ganar vagamente dinero. En consecuencia una amarga sombra, un cortante acento, caen sobre estas doradas espigas, estos campos enrojecidos por las amapolas, estos rebosantes campos que nunca rebosan de sus límites, sino que las espigas avanzan y avanzan, en olas, sólo hasta el límite, avanzan sin cesar. Este es el primer día de una nueva vida, otro radio de la rueda que se alza. Pero mi cuerpo pasa errante como la sombra de un pájaro».
Fragmento de Las olas, de Virginia Woolf (The waves, trad. Andrés Bosch, Bruguera, 1980)
Un rumor de voces apagadas me despertó al amanecer. Por unos instantes traté de escuchar con los ojos cerrados el murmullo que me había sacado del sueño y cuando los abrí vi que en la habitación, y presumiblemente en toda la casa, decenas de ojos, como de gente que charlaba en una fiesta, flotaban en la penumbra. Bajé los párpados y me desperté para ducharme. Al abrir el grifo, infinidad de miradas muertas se escurrieron por el sumidero.
Paul Verlaine decía que un poema es tensión hacia la exactitud. Su trasunto en prosa, el cuento, también lo es. Es la flecha disparada hacia el blanco. Pero ¿qué impulso lleva la mano a la flecha, la carga en el arco y la dispara? No es una idea, porque ésta es un artificio de la inteligencia, sino una intuición, un gránulo de fantasía; una suerte de conocimiento surgido extramuros de la razón, acaso de una memoria anterior. Incluso del olvido. Es la intuición lo que vincula al poeta con lo sustantivo, la fuerza que atraviesa su alma en busca de su voz, su forma, para revelar la verdad del poema.
La escritura es una exigencia moral que da forma al fluir de la vida, un modo de ordenar el mundo y restablecer el equilibrio, la justicia, mediante un supremo esfuerzo del espíritu.[...] Decía Hegel que el objetivo de la obra de arte «es representar de una forma concreta y figurada lo que se agita en el alma humana» [..] La conciencia de este objetivo desvincula al artista genuino de las contingencias políticas, sociales, históricas, ideológicas, religiosas, científicas y técnicas, al tiempo que concibe su producción artística como parte de una búsqueda sustantiva, lo dota por un lado para expresarse, si así lo decide, en cualquiera de los géneros que registra la literatura, y por otro lo compromete con una ética de la libertad. Este compromiso ético del artista es uno de los fundamentos que permite a la obra de arte superar la acción corrosiva del tiempo y las fronteras provincianas de la aldea o la nación.
En su hermoso y erudito libro Sobre el estilo tardío (Debate, 2009, trad. R. Falcó Miramontes), Edward Said reflexiona a partir de la frase acuñada por Theodor W. Adorno sobre ese momento crucial en la obra de un creador en que rompe con las convenciones de su tradición y se lanza sobre el futuro. Algunos lo hacen tempranamente y otros al final de sus vidas. Entre unos y otros figuran Mozart, Rimbaud, Mallarmé, Proust, Joyce, Kafka, Beethoven, en quien se centra precisamente Adorno. Para éste, quien acuñó la expresión «estilo tardío» en el ensayo «Spätstil Beethovens», dice Said. «mucho más que para cualquier otro estudioso que haya tratado las últimas obras de Beethoven, esas composiciones que pertenecen a lo que se conoce como el tercer período del compositor (las cinco últimas sonatas para piano, la Novena sinfonía, la Missa solemnis, los seis últimos cuartetos para cuerda, las diecisiete bagatelas para piano) constituyen un acontecimiento de la historia de la cultura moderna: un momento en que el artista, a pesar de ser dueño absoluto de su medio, abandona la comunicación con el orden social establecido del que forma parte y alcanza una relación contradictoria y alienada con él. Sus obras tardías constituyen una forma de exilio».
En Egipto, un grupo de abogados encabezado por Ayman Adul Hakim ha pedido al Fiscal General la prohibición de Las mil y una noches por atentar contra la «decencia pública». La solicitud se basa en la ley de «hisba» residuo normativo del islam. Una vez más la intolerancia -religiosa, política, ideológica- barbariza la sociedad civil causando daños irreparables en el derecho de los individuos a la libertad y corrompiendo el ideal de justicia.
Voces de Babel. Signos de Ur en el cielo. Es ceniza escrita la que trae el aire.
La ciudad arde. Llora el fauno. Ruge el tigre. Sheherezade, la amante, ha muerto.
En primavera
¿Es así como acaban las estaciones?
Fragmento del poema O las estaciones. Imagen: Sheherezade, de John Anston.
No, las palabras no suenan. No son mías. No dicen lo que escribo. No me reconocen. ¿Cómo avanzar entonces en la escritura? ¿Quién ese desconocido que ahora se apropia de las palabras que hasta hace un instante eran mías? ¿O lo que oigo no es mi voz sino la voz de las palabras que se preguntan: quién es este desconocido de cuyos dedos salimos y nos entrega esclavas al orden de la gramática?
Lo que nace del silencio es sonido que evoca el origen. Sustancia del lenguaje que manifiesta la unidad del ser y la creación del mundo. El ruido es perversión de esa sustancia. Impotencia. El grito humano es ruido nacido de la angustia. Pero ¿es ruido el rugido del jaguar, la caída de un árbol o los golpes del herrero en la forja?
De Cuaderno de notas de Manuel T. - Imagen: El grito, de Edvard Munch.
En La campaña del coronel Emilio se narra la frustrada incursión del coronel Emilio Mitre frente a un grupo de soldados a Leuvucó, toldería principal de los indios ranqueles. El relato fue pensado inicialmente como capítulo de la novela De cómo llegó la nieve(Tusquets, 1987), pero finalmente hizo valer su autonomía como cuento (El interior de la noche, Tusquets, 1989; El mal de Q. Candaya, 2009).
El desierto, la sed, la soledad y la muerte acompañan la trágica experiencia que da fundamento a las voces de hombres y animales, que arden en la noche como fuegos fatuos. En ese acontecer, alguien canta una vidalita como un deseo de afirmación del amor más allá de la vida. Más allá del tiempo. Hace unos meses completé la letra de la vidalita, a la que Jorge Sarraute le compuso su música.
El señor Manuel T., cuentan, tenía cuarenta y dos años cuando recibió la última carta de su madre. Desde hacía veinte el cartero le traía una todos los meses, pero él nunca las contestó. Según dicen, Manuel T. contó a algunos amigos íntimos que todas las noches soñaba el mismo sueño: soñaba con grandes planicies nevadas y con invisibles batallas más allá de la blancura. Eso dicen que soñaba, porque el tal Manuel T. era un hombre extraño que hablaba de cosas también extrañas. Digo extrañas queriendo decir que él y sus historias eran extranjeros, venían de lugares sólo conocidos a través de la geografía escueta de los periódicos, siempre parcos de palabras y tal vez de verdades. Muchos tenían al señor Manuel T. por hombre egoísta, soberbio e insensato; otros pensaban que era cruel e inhumano, influidos, posiblemente, por una fea cicatriz que tenía en su oreja izquierda; y los terceros decían que era un excéntrico, cuando no un infeliz solitario y escéptico. Sin embargo, creo que la palabra más exacta, la que además de definirlo le otorgaba esa aureola insolidaria, era extranjero.
La vulnerabilidad del lenguaje, que ha permitido el discurso de las ideologías totalitarias políticas y religiosas, el de la vulgaridad de la sociedad masificada y los eufemismos de las democracias hace que el poeta se pregunte por su verdadera capacidad para expresar las respuestas científicas y la soledad existencial del individuo humano que ha perdido las referencias divinas de la intuición y las morales de la razón.
La existencia del ser en el mundo se nutre de la justicia y su sentido nace de esa exigencia moral que aspira a la armonía entre los individuos y las cosas que lo rodean. Esa aspiración se expresa a través del lenguaje y de la complejidad semántica de la palabra, cuyos límites son los propios límites del lenguaje para aprehender las múltiples realidades del mundo. Sobre esta noción escribí en Sílabas de arena «y rota la palabra / la voz que germina de la vida / y cruza el pensamiento / se pierde [...] en el poema no dicho / el poema no escrito que / siempre el mismo / siempre otro / late en el abismo» y en Lecciones de tiempo «la palabra que nombra el árbol es árbol / callo / qué significa ahora esa palabra que dice / árbol / qué realidad es ésta que se disuelve fuera del / tiempo / el viento que pasa entre las ramas es inaudible».
Hugo von Hofmannsthal en su Carta de Lord Chandos escribe casi con desesperación «Ya no lograba aprehenderlas [las cosas] con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me deshacía en partes, las partes otra vez en partes, y no se dejaba ya abarcar con un concepto. Las distintas palabras flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y en las que yo a mi vez tenía que sumergir mi mirada: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío.»
La palabra «árbol» dice, por convención, que se trata de un árbol, pero al perder las referencias morales que sustentan el mundo, el poeta también pierde la posición central desde la cual puede observar y organizar la realidad a través de las palabras. El desencuentro entre el sentido de la palabra y la vida hace más lacerante las limitaciones del lenguaje para alcanzar ese concepto universal que late en cada palabra «más allá de las fronteras establecidas por los significantes», como afirma el italiano Stefano Agosti. Es así que «árbol», no obstante su precisión, sólo expresa un significado abstracto, pero no el sentido último y secreto que expresaría el significante, el cual conduce al lenguaje mudo, «la lengua en la que hablan las cosas mudas», como dice Lord Chandos. De aquí que, como Wittgenstein, acabe constatando la incapacidad del lenguaje parar nombrar la vida. Pero aun aceptando este hecho, el poeta tiene el deber de expresar su experiencia al borde del abismo, incluso de aquello que, como el horror, apenas puede articularse. De Cuaderno de notas de Manuel T.