En 2001, el periódico La Ribera me solicitó un artículo para su edición conmemorativa del 215º aniversario de la fundación de Río Cuarto. Ahora, al celebrarse el 230º aniversario de la fundación de Río Cuarto publico nuevamente aquel escrito, pues conviene recordar que las ciudades nos las crean y desarrollan sólo los consagrados al mármol, sino también aquellos ciudadanos anónimos que con su esfuerzo y civilidad son capaces de levantar sus casas, trazar las calles y hacer de la solidaridad un culto a la buena vecindad, fundamentos sobre los que se asientan las grandes urbes.
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Nota publicada en el periódico "La Ribera" en noviembre de 2001 |
DESDE EL FONDO DEL ALBERDI
Por Antonio Tello
Río Cuarto. Siempre me he
preguntado cómo es que esta ciudad mantiene este nombre de
naturaleza ordinal. Siempre me he preguntado cómo ha superado esta
denominación que tiene más de inventario geográfico que de
topónimo.
Siempre me he dicho que Río
Cuarto debería haber recuperado el nombre original del territorio y
llamarse Urumpta. Pronunciamos Urumpta y es como un latido del
interior de la tierra. Sí, Urumpta. Tal vez por esto, porque suena a
antiguo retumbo, es que la ciudad late en mi memoria. Aún con el
nombre de Río Cuarto. Aún en medio de la pampa, donde según Borges
un punto es igual a otro, reconozco en Río Cuarto ese punto nuclear;
ese lugar equidistante entre el trópico y el polo, entre la
cordillera y el mar. El corazón.
A Río Cuarto llegué con mi
familia hacia 1956 o 57. Habíamos salido de mi Villa Dolores natal
y pasado por Piedra Blanca-Merlo y el Cerro Áspero, una mina de
tungsteno próxima a Santa Rosa de Calamuchita. Aquí, gracias a mi
padre, viví uno de esos momentos en los que un niño puede sentirse
el señor del Universo.
Mi padre, que era el encargado
de la usina del campamento, solía llevarme con él de vez cuando,
para que lo viera arrancar los «caterpillar» y poner en
funcionamiento las dinamos que generaban la electricidad. Yo
contemplaba siempre asombrado cómo aquellos inmensos motores se
ponían en funcionamiento y después cómo él se acercaba a un largo
tablero lleno de relojes y palanquitas, bajaba una de éstas y la luz
se hacía. En una ocasión comprobé que, cuando él bajaba «la
palanquita de la luz», detrás del tablero se producía una sucesión
de relámpagos y una breve centella se hundía en la tierra. Fue algo
asombroso, pero todavía faltaba algo mayor. Un atardecer, después
de encender los motores, mi padre se acercó al tablero y,
volviéndose hacia mí, me dijo: «venga hijo ¿quiere hacerlo?». El
corazón me dio un golpe. Mientras, él acercó un banquito al
tablero y me hizo subir para que alcanzara la palanca. «Bájela, no
tenga miedo». Lo tenía, pero la bajé y entonces vi como un milagro
encenderse las luces del campamento. Todos tenemos en la vida un
instante crucial que nos marca y nos perfila para siempre y creo que
el mío fue aquel en que encendí la luz del campamento del Cerro
Áspero. Poco tiempo después, las luces empezaron a apagarse y,
antes de que lo hiciera la última, mis padres me enviaron a mí y a
Luis, mi hermano, a Río Cuarto, a casa de unos amigos. Los Becerra.
Los Becerra vivían en el
Alberdi, en la calle Liniers. Don Andrés y doña María tenían un
hijo llamado Atilio, a quien mandaban a estudiar acordeón con
Eugenio Robinet y que después acompañó a «Pepito Pomponio Tondo y
su gran orquesta» a darle alegría al cuerpo por los pueblos del
entorno. De doña María recuerdo sus guisos de hígado con harina y
de don Andrés su asombrosa facultad para calcular mentalmente
cualquier operación aritmética no sabiendo leer ni escribir. Ya por
entonces me preguntaba cómo hacía ese hombre para imaginar los
números y conocer las secretas reglas del cálculo. Claro que ahora
también me pregunto cómo pensaban los seres humanos antes del
número cero, que los mayas recién inventaron en el siglo IV y los
hindúes doscientos años más tarde. También me pregunto cómo los
hititas podían pensar en el mañana si su idioma carecía de tiempo
futuro. En fin, que fui a parar a la escuela Nicolás Avellaneda para
acabar el primario y viví con los Becerra hasta que llegaron mis
padres con el resto de los hermanos.
Mi padre
compró entonces un terreno al fondo del Alberdi, casi donde acababa
la Vicente López, en ese sector donde la ciudad se confundía con
los médanos y, no sin esfuerzo, levantamos la primera casa que
tuvimos, en el pasaje Sánchez de Loria. Era pequeña, humilde y con
un hermoso aromo en el patio, que mi madre, doña Pabla, no tardó en
llenar de plantas y flores, como haría con los patios de sus
posteriores casas. Por supuesto, las calles del fondo del Alberdi no
estaban asfaltadas, no había luz, teléfono, ni agua corriente. Aquí
Río Cuarto estaba sin hacer. Mi padre era uno de esos tipos que
creían en el futuro y esa palabra estaba asociada a otra
fundamental: progreso. Lo digo, porque a las ciudades no las hacen
sólo patricios y próceres que figuran en los anales, sino también
muchos individuos como él, sin aspiraciones al bronce, que nutren el
paisaje humano con ilusiones y un empeño a prueba de sudores. Lo
primero que hizo mi padre, don Humberto, fue una prospección para el
agua y localizar las mejores napas freáticas para colocar una bomba,
de la que después empezaron a sacar agua potable algunos vecinos
próximos. Después se impuso la luz y, como la gente no quería
pagar el tendido eléctrico, él mismo lo sufragó con sus escasos
ingresos y tuvimos luz. El siguiente paso fue el teléfono, cuyo
número me parece que es el mismo que mantiene todavía mi madre.
También en Villa Dolores había sido uno de los primeros en tener
teléfono y hasta recuerdo que, en nuestra céntrica casa de la calle
Hormaeche 58, teníamos el número 49.
En aquel
territorio fronterizo, a dos o tres calles de donde nos habíamos
instalado, había una casa prohibida y como tal me atraía
poderosamente. Hacia ella veía pasar cada tarde coquetas mujeres de
cruda belleza. ¡Qué hermosas eran las putas de la Gorda Fiorda! Al
pasar nos miraban con condescendiente picardía y nos saludaban con
un guiño de rimmel y colorete, para bronca de mi madre. Con mi
hermano Luis y otros chicos del barrio nos íbamos de vez en cuando a
espiar la casa, asomándonos por encima de la tapia, como si lo
hiciéramos a un jardín de «Las mil y una noches» o del
«Decamerón», donde las mujeres reían, cantaban o tomaban mate
mientras esperaban a visitantes que nosotros nunca veíamos. Después
me iba a jugar a la pelota a un campito o a la cancha del club
Alberdi, que estaba a dos trancos, o al patio de la Iglesia, después
de la doctrina; a estudiar para gustar a la señorita Devalle, o a
charlar con Carlitos Robledo, que me pasaba revistas de mitología
griega, y que tenía una hermana muy bonita. Fue por entonces, cuando
las hormonas habían empezado a revolucionarse, que conocí a la hija
de un camionero vecino, María B., de la que aún recuerdo el aroma
lácteo de su piel. Con esa disposición de ánimo y sintiéndome
«hombre», un día decidí explorar el centro y cruzar la pasarela,
avanzar por el Bulevar Roca y, tras hacer un alto en el puloil
del cine Roca, casi como una osadía, llegar al cine Avenida, en las
cinco esquinas, para ver «Robinson Crusoe». Y así fue cómo, al
igual que Viernes, salí del fondo del Alberdi para conocer la ciudad
que llaman Río Cuarto, pero cuyo verdadero nombre suena a Urumpta.