
«El espacio es un incidente en el tiempo y no una forma universal de intuición como impuso Kant. Hay enteras provincias del Ser que no lo requieren; las de olfacción y audición. Spencer, en su punitivo examen de los razonamientos de los metafísicos [...] ha razonado bien esa independencia y la fortifica así, a los muchos renglones, con esta reducción a lo absurdo: Quien pensare que el olor y el sonido tienen por forma de intuición el espacio, fácilmente se convencerá de su error con sólo buscar el costado izquierdo o derecho de un sonido o con tratar de imaginarse un olor al revés.
Schopenhauer, con extravagancia menor y mayor pasión, había declarado ya esa verdad. La música, escribe, es una tan inmediata objetivación de la voluntad, como el universo. Es postular que la música no precisa del mundo.
Quiero complementar esas dos imaginaciones ilustres con una mía, que es derivación y facilitación de ellas. Imaginemos anuladas así las percepciones oculares, táctiles y gustativas y el espacio que éstas definen. Imaginemos también -crecimiento lógico- que una más afinada percepción de lo que registran los sentidos restantes. La humanidad -tan afantasmada a nuestro parecer por esta catástrofe- seguiría urdiendo su historia. La humanidad se olvidaría de que hubo espacio. La vida, dentro de su no gravosa ceguera y su incorporeidad, sería tan apasionada y precisa como la nuestra. De esa humanidad hipotética (no menos abundosa de voluntades, de ternuras, de imprevisiones) no diré que entraría en la cáscara de nuez proverbial: afirmo que estaría fuera y ausente de todo espacio».
[Fragmento de Discusión (La penúltima versión de la realidad), Jorge Luis Borges- Imagen solarizada de una ilustración de Víctor López de la Fuente]