
Los caminos del saber son misteriosos. Los modos de enseñanza de los poetas, también. Anoche soñé con José Corredor-Matheos, uno de los poetas más sabios que he conocido. Estábamos en el campo, sentados ante una mesa rústica. No había casa alguna o al menos yo no la veía, porque quizás estaba a mi espalda. Ambos mirábamos en silencio la tierra arada, cuyos surcos morían en un bosque de pinos, asombrado antepecho del horizonte.
- Pepe ¿cómo se llega a la poesía? -le pregunté sin que me oyera la voz.
- Tal como se llega al conocimiento - respondió manteniendo la mirada en el campo arado y sin romper el silencio, porque parecíamos hablar y oírnos en un espacio exento de sonidos.
Sostuve la pregunta inicial sin repetirla y él miró hacia la mesa donde un número finito, aunque incalculable, de hormigas iba y venía. Mientras la mayoría de tales hormigas seguía caminos imposibles, unas pocas habían ocupado un trozo de pan. Observé que muchas de estas pocas lo devoraban y que al cabo lo abandonaban hartas y que sólo algunas regresaban al hormiguero cargando un pesado trocito de miga.
El poeta alzó sus ojos, me miró y una sonrisa pícara iluminó su rostro. Más allá, una bandada de golondrinas sobrevolaba la tierra arada.